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Jose Luis Jiménez

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Como Dean Martin, más o menos, aunque con el hígado menos castigado. Supongo que tipos corrientes hay muchos. Así que soy un tipo corriente que se esconde detrás de un mito. Aunque poco queda ya que descubrir salvo... No sé, supongo que me gusta casi todo menos lo que no me gusta. ¿Claro?
El resto del día, pongan la música bajita, que la gente honrada duerme, coño!
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Diga usté que sí, señora!

Multiples pamplinas en el día a día de un fulano de tal
June 15

Intocables

Algún día abrirán una escuela para enseñar a falsificar obras de arte en seis meses. No para encalar una fachada y darle una mano de gotelé al salón, no. Me refiero a pintura de brocha fina. Primero, una selección ante famosos falsificadores, mentirosillos del pincel, para ver si uno copia bodegones al por mayor, y puede que alguna abstracción kandinskiana. En función del grosor de la mancha, pues entra uno en la escuela o no. Y una vez dentro, habrá una competición por ver si al segundo mes alguien se atreve a agarrarse la pintura al fresco y hacerse El Juicio Final de la Capilla Sixtina vaticana. Otros menos atrevidos igual se ven ante el hercúleo reto de copiar la Venus del Espejo o, para mi satisfacción, algún Turner. En el edificio adyacente, harán algo parecido con la escultura. A cuatro tallistas de lápidas y dos carpinteros de pueblo los encerrarán en un sitio rodeados de bloques de marmol de Almería, y a golpe de cincel habrán de atreverse a replicar el David de Miguel Angel. La variante en madera es alguna Piedad de Salcillo o Gregorio Fernández. Y para remate del tomate, los ideólogos de estas escuelas exprés de Bellas Artes pueden reclutar estudiantes de primero de bachillerato de ciencias que estudien dibujo técnico y, en esos mismos seis meses, enseñarles arquitectura y que proyecten un nuevo Campanile a las afueras de Leganés.

Algo parecido es Operación Triunfo, programa que veo y disfruto cada semana desde la edición 2008, lo reconozco. No tenía maldad alguna el que estos saltimbanquis imberbes, carne de reciclaje televisivo en un futuro no muy lejano, destrozara la basura pop que atrona en las radiofórmulas. Versionar a Alejandro Sanz pues oiga, señora, me apena entre nada y lo mismo que la extinción de la mosca tse-tse. Mi diatriba antipopera ya es conocida, así que me la ahorraré. Pero que a estos personajetes le reten a interpretar el "Born to be run" de Bruce Springsteen (tipo del que siete días atrás no sabían ni pronunciar su apellido) sólo me produce perplejidad e indignación. No van a cantar esa maravilla mientras se duchan. Ni siquiera en un karaoke con amigos o en una celebración familiar. Van a hacerlo en un escenario ante unas cámaras y varios millones de espectadores. Y habrá algún incauto de su misma edad que pregunte "¿qué canción es esa?". Es lo que tiene que no salga ya en Los 40. En la música, principalmente en el rock, están los intocables, gentes a cuya obra hay que acercarse con devoción y admiración con cualquier otra intención que no sea escuchar y gozar. Que el "Boss" aparezca en OT me parece un insulto a la música en general, porque esas criaturitas hijas de la Logse no tienen ni idea de qué supuso el "Born to be run" hace veintipico años cuando se publicó, ni entienden la riqueza musical que se esconde en esos acordes de harmónica, en esos rags de piano, en ese saxo rockero.

Luego saldrá Risto, dirá cuatro verdades y lo llamarán zafio. Como si no fuera todavía más zafio darle margartias a los cerdos...
June 14

La vita è inferno

   

Sigo rendido a los pies de Franco Corelli y su poderío vocal. Ahora con Verdi y "La forza del destino", nos regala la intensa aria con que da comienzo la primera escena del tercer acto, donde Don Alvaro se hermana sin saberlo con su gran rival Don Carlos de Vargas, y se produce uno de los duos más intensos entre tenor y barítono del repertorio verdiano. Simplemente fabuloso. Antes, el dubitativo y melancólico Don Alvaro recuerda a su ausente amada Leonora en este "La vita è inferno". Semejante despliegue de fuerza y pasión tuvo muy pocos rivales.

Irán... y no volverán

Apenas una breve reflexión. Tenía ciertas esperanzas acerca de un cambio de gobierno en Irán. Es un país clave para la reconciliación de todo el Medio Oriente, sobre todo ahora que la belicosidad de Estados Unidos ha menguado con la llegada de Obama. Con Afganistán e Irak convertidos en un avispero, una línea política moderada en el país de los ayatolás sería el mejor camino para la reconciliación entre culturas, que no la "Alianza de Civilizaciones" ridícula propuesta por el individuo que preside España. El candidato Musavi parecía haber encendido los ánimos de cambio en una sociedad gobernada por un tipo intolerante y de férreas convicciones islámicas como Ahmadineyad. Y tras las elecciones, éste se proclama vencedor con más del 60% de los votos ante las denuncias de fraude de su rival. ¿Quién es la opinión pública internacional para cuestionar los resultados electorales de un país? ¿Qué poder puede arrogarse la ONU para opinar sobre la legitimidad o no de una elección? ¿Qué dudas puede arrojar un sistema político que, si bien no reconoce algunos derechos inalienables de la persona, no estaba tenido como fracasado, situación en la que se encuentra buena parte de Africa? ¿Qué se hace ahora? La soberanía de los estados habría de ser respetada, por más que el resultado de las elecciones sólo sirva para complicar la hercúlea tarea de recomponer las relaciones internacionales que George W. Bush torpedeó con su política de "por mis pistolas". Porque me temo que cualquier intervención destinada a atacar al vencedor de esos comicios, sólo servirá para que gane con más holgura la siguiente convocatoria o, en el muy peor de los casos, para que su opositor haya de salir por patas de un país que puede considerarle un aliado del enemigo americano. Veremos que hace ahora el chico negro de Chicago.
May 28

Caduco

Volvió pensando que la televisión guardaba luto por su ausencia del late-night, y se encontró con que ni se le esperaba ni se le deseaba. Y con las mismas, él y su forma de entender la comunicación audiovisual se van hasta mejor ver. Javier Sardá ha fracasado estrepitosamente en su retorno a Telecinco con su "La Tribu", un sucedáneo de "Crónicas Marcianas" pero condensado en una única dosis semanal. El contenido de la píldora era el mismo: laxante compacto en caja dorada. La basura que ha intentado recuperar para este ¿esperado? retorno venía tan pasada de fecha que antes del primer programa ya se olía. Bastaba ver lo que se nos anunciaba: Boris Izaguirre, Carlos Latre y Mercedes Milá. Lo chocante ha sido que esta última abandonó la nave en la primera noche de naufragio pensando que se haría otro tipo de televisión. Quizás echaba de menos su propio estiercol "granhermanero" y le parecía que Sardá era demasiado elegante. Yo me alegro profundamente. Primero, porque Telecinco fracase, una cadena que ha propiciado la devaluación de los contenidos televisivos en nuestro país en los últimos años amparado en el mentiroso eslogan de "es lo que la audiencia pide". Segundo, porque la etapa de Sardá me parece cumplida y agotada, y esto le servirá de cura de humildad a quien se creía rey del tubo catódico y acabó por dar homilias en la última etapa de sus vomitivas "Crónicas". Y por último, porque creo que es el triunfo de otro modelo, del humor inteligente, del late night espontáneo, simpático, a ratos gamberro, de Andreu Buenafuente, el mejor programa que hoy en día podemos ver en televisión. Es un tipo que es capaz, aun en los días de mayor cansancio, de engancharme quince minutos para que una sonrisa luzca en mi cara. Su cadena no es nada del otro jueves, todo hay que decirlo, pero él tiene su sello, y por minoritario que fuera en el pasado, hoy tiene un marchamo de calidad que la vulgaridad de Sardá no es capaz de borrar ni depreciar. Javierito, adiós.

Pellizco



A ratos no me conozco. Estos días se inaugura en Madrid una exposición retrospectiva sobre Joaquín Sorolla en el Prado. Debe ser la más importante del pintor levantino en nuestro país que se recuerde. Tan es así que se recogen no solo las obras en suelo español sino incluso los grandes murales que pintó de estampas patrias para la Hispanic Society de Nueva York. Y entre ellas, hay una de Ayamonte, esa que reproduce la foto. Se llama "La pesca del atún", y la pintó en mi pueblo en 1919. Ya ve, señora, que motivo de orgullo tan tonto, eso de aparecer en cuadro. Y en los reportajes de televisión sobre esta magna exposición, cuando aparece la panorámica y al final de un pasillo veo ese Guadiana y su luz reflejada, me da un pequeño vuelco el corazón, como víctima de un pellizco. De alguna manera, siento que una parte de mi, que a su vez es una parte de todos los ayamontinos, de las personas que sentimos y llevamos ese trocito del mapa en nuestra sangre, se exhibe al mundo. Y eso sí es motivo de orgullo, el poder compartir con gentes de todas partes y rincones la luz que refleja nuestro río, el paisaje del país vecino al otro lado de la lengua fluvial guadianera, las artes y oficios de unas gentes que subsistían en un pueblo que atravesaba una oscurísima depresión económica. Es también la pérdida de una época que se fue, la del Ayamonte pescador, ahora turístico. Al contemplar la pintura, que por primera vez pisa España desde que fue pintada (ha estado itinerante en los últimos meses por nuestro país), uno se imagina al lado del pintor, de ese Sorolla que entabló cierta amistad con el naif Rafael Aguilera (qué pena que la humildad no sea hereditaria), viendo ese muelle bullir de actividad, con el olor a salitre y pescado impregnando el ambiente.

Por motivos así, a uno sí le enorgullece venir de donde viene, y cuando esté en el Prado este junio contemplando esta pieza, me entrarán ganas de agarrar a quien tenga al lado y decirle "¿ve esto? Es mi pueblo, es Ayamonte", y quedar de cateto grande, pero cubrir la necesidad imperiosa de que alguien envidie que yo venga, que yo me criara y que yo mamara uno de los sitios más bonitos que hay en este mundo, por más que haya quien hiciera grandes avances por sepultarlo bajo el cemento. Y me quedaré como un tonto admirando una y otra vez la claridad que durante años disfruté mientras vivía y crecía a la orilla del río. Y sonreiré, casi sin sentido. Y no descarte, señora, que se me escape una lágrima. Será la primera vez que me pase algo así con algo referido a mi pueblo. Pero entienda que esto convierte en alpiste para canarios que nuestra hija predilecta sea una niñata que ganó EuroJunior o que el tal Pitingo naciera aquí. Tuvo que ser Sorolla quien encontrara la verdadera belleza. Y en un rincón de Ayamonte, en la Plaza de la Laguna, un zócalo azul recuerda su paso y su obra, allí donde los niños juegan y corretean, alrededor de unos pescadores descargando atún que son de la familia, vecinos de toda la vida. Ay.
May 17

La voz humana

  

Del amplio espectro vocal de la lírica operística, quizás la cuerda masculina menos conocida por el público en general pueda ser la del barítono (obviaré la del contratenor). Ya sabemos qué es un tenor, porque las tonadillas más famosas están escritas para él, hemos visto a Domingo, Pavarotti y Carreras de gira por el mundo, y en los concursillos esos de medio pelo aparecen fontaneros que se creen divos del bel canto. Una voz de bajo es una voz de bajo, grave y aquilatada, poderosa. Pero un buen barítono te puede hacer temblar las canillas. Esto es "Ernani", una ópera no demasiado conocida de Verdi, que tiene uno de los recitativos para barítono más apasionantes jamás escritos, siendo este compositor el que más y mejores roles creó para esta cuerda (así a vuelapluma, Rigoletto, Germont, Iago, Renato o Simon Boccanegra). Y al frente del papel, Cornell MacNeil, un americano espectacular, probablemente el mejor en la década de los sesenta, heredero de los grandes Tibett y Warren. Fue uno de los mejores jorobados de la segunda mitad de siglo (probablemente el mejor), un temible Scarpia y este Don Carlo de "Ernani" es otra grandísima creación. Fíjese, señora, en cómo modula la voz, la suavidad con que recorre los pasajes, el volumen, la densidad, y el agudo natural con que cierra el aria, sólo al alcance de unos cuantos sin caer en el ridículo. Al final, el Metropolitan cae rendido a sus pies. Las maquinas del tiempo deberían permitir estas cosas, el regresar al pasado y disfrutar fugazmente de los titanes de la lírica.
May 11

Vacío

Llueve en Santiago. Pocos días como hoy o ayer me alegré tanto de que lo hiciera. Digamos que el cielo gris y el agua hacen que me pierda en ellos y rompan el silencio cuando las gotas golpean los cristales de mis ventanas. Mi casa parece más grande. Hay más espacio en ella. Demasiado. Me pregunto qué lo llenaría antes que no lo hace ahora. Tengo la respuesta, pero no me atrevo a pronunciarla. Me repito que es la resaca, que cuando vuelva a estar sobrio de emociones todo recuperará su tamaño y dimensiones. ¿Pero y si el vacío sigue ahí? Arrecia la lluvia. Miro a ningún sitio, y siempre aparece el azul. El silencio hace eco a mis voces interiores, cavernosas en mi cuerpo hueco tras donar el corazón. Ahora sólo queda el frío invierno perenne, la guarida de hielo, el témpano, la nada. Pero nunca podré decir que no lo busqué lo suficiente. Una nueva era glacial se abre ante mi. ¿No era esto lo que quería? Sigo sin saberlo.

PD: Las aguas vuelven a su cauce. Sale el sol.
May 04

Non piangere, Liù

"No llores, Liu", susurra el príncipe de nombre desconocido a la sirvienta que acompaña al exiliado rey ciego, antes de que se someta a los acertijos de la cruel Turandot. No es el aria más famosa de esta ópera de Puccini, porque Pavarotti internacionalizó su "Nessun Dorma" cantado victoriosamente al alba, pero Corelli recita el "Non piangere, Liù" con ese estilo único suyo, con unos agudos deliciosos y una fuerza arrebatadora.

  

CALAF
Non piangere, Liú                               ¡No llores, Liú
Se in un lontano giorno                       Si en un lejano día
io t'ho sorriso,                                    yo te sonreí
per quel sorriso,                                 por aquella sonrisa,
dolce mia fanciulla,                             dulce niña mía,
m'ascolta: il tuo signore                      escúchame: tu señor estará
sará domani, forse, solo al mondo      mañana, tal vez solo en el mundo
Non lo lasciare,                                  ¡No lo abandones,
portalo via con te!                              llévatelo contigo!

CALAF
Dell'esilio addolcisci                          ¡Dulcifícale el camino
a lui le strade!                                   del exilio!
Questo... questo,                               Esto... esto,
o mia povera Liú                               mi pobre Liú
al tuo piccolo cuore                          a tu pequeño corazón,
che non cade                                   que no desfallece,
chiede colui che                                es lo que pide,
non sorride piú                                 aquel que ya no sonríe.
May 01

Paul Auster

Es el Paulo Coelho de una millonada de lectores de todo el mundo, el gurú al que seguir en sus novelas, el filósofo urbano al que escuchar en estos mundos globales, el autor del que presumir si quieres parecer intelectual. Yo no podré jamás hacer tal tarea de presunción, porque a mi Auster me aburre. Llevo 75 páginas de "El libro de las ilusiones", novelita que busqué con ahínco porque en algún lugar leí que era de lo mejor del neoyorquino. Por más vueltas que le doy, no le encuentro su aquel. Me cuenta cosas que no me interesan, abunda en detalles sobre temas superfluos en el desarrollo de su novela, y el resultado es que necesito serle infiel con un best-seller que me devuelva el placer por la lectura, y me haga regodearme con esos capítulos cortitos y estructura de folletín al más puro estilo Dan Brown. Nada, apenas quedan 53 dias para la tercera novela de Stieg Larsson, su testamento literario y una nueva razón para desesperarnos cuando nos quedemos sin nada más que roer. Qué difícil es elegir un libro que le llene a uno...

El rock no es lo que era

Confesaré que llevo un tiempo alejado de las descargas eléctricas (guitarrísticas). Pero cuando me veo a Los Chichos (sin Jeros, claro) en el cartel del Viña Rock, asumo que muchas cosas han cambiado en mi ausencia. O eso, o la gripe porcina llegó a España hace meses y no nos habíamos dado cuenta porque afecta a las neuronas y no provoca moquillo. Pocas cosas pueden darme tanta envidia como perderme un festivalazo bueno, sobre todo porque hace varios años que no disfruto uno. Queda lejos aquel Mediatic en Alicante, con la mejor compañía posible (ellos ya saben), tres noches de risas y mascarillas anti ronquidos, entre rotondas y señales de stop, comiendo arroz a banda. El cuerpo me pide volver a dar botes, a cantar el "Flojos de pantalón". Y créalo, señora, que Rosendo viene a Compostela por la Ascensión. Seguro que es la suya, pero a los altares del rock urbano, de la filosofía de autobús en barrios sin parquímetro ni Hipercores, de la verdad cantada con pitillo entre las cuerdas de la guitarra, lideres del momento ambigüedad. Surge la escena en un salón, y para verla están todos invitados. El abuelo hará que el rock vuelva a ser lo que era, lo que nunca debió dejar de ser, lo que siempre será en nuestros corazones, aunque seamos rockeros turroneros, de esos que volvemos sólo por Navidad.